Regional
Crónica
04/08/2026
El corazón de Los Ángeles late con el ritmo frenético del comercio, el tráfico y las pisadas de cientos de transeúntes que buscan hacer sus trámites diarios.
Sin embargo, en una de las arterias más transitadas del centro —la calle Colo Colo—, ese latido se descompone cada mañana en un bucle de tensión y desesperación.
La culpa la tiene un solo hombre, conocido por comerciantes y oficinistas como "El gritón de calle Colo Colo", un personaje que ha convertido la vía pública en su trinchera y la salud mental de los trabajadores en el daño colateral de la desidia institucional.
Todo comienza temprano, cuando los locales comerciales levantan sus cortinas metálicas. Es en ese momento cuando este individuo se adueña ilegalmente de los espacios de estacionamiento.
Erigiéndose como un autodenominado "cuidador de autos", ejerce una suerte de extorsión a cielo abierto: los automovilistas deben pagarle bajo la implícita amenaza de que, si se niegan, sus vehículos podrían sufrir daños.
Pero su labor no se detiene en el agio vehicular. Simultáneamente, despliega un comercio ambulante informal e irregular, obstaculizando el tránsito peatonal y generando una atmósfera de caos. La calle, que pertenece a todos, pasa a ser operada bajo las reglas arbitrarias de quien solo reconoce una ley: la de la intimidación.
Lo verdaderamente insostenible, aquello que trasciende la simple falta administrativa y se adentra en el terreno de la agresión psicológica, son sus gritos que incluye groserías y silbidos.
Durante horas, jornada tras jornada de la mañana, este sujeto emite vociferaciones guturales, insultos al aire y diatribas incoherentes a todo pulmón. No hay tregua posible.
Para los trabajadores de las oficinas aledañas, los vendedores de tiendas y los profesionales que atienden público, intentar concentrarse se ha vuelto una misión imposible.
“Es un desgaste psicológico brutal. Uno trata de trabajar, de atender a un cliente con amabilidad, pero de fondo tienes a este tipo gritando improperios y amenazando a la gente durante ocho horas seguidas. Te va carcomiendo los nervios”, relata un locatario del sector, quien prefiere mantener el anonimato por temor a represalias.
Los ataques verbales no son solo al vacío; apuntan directamente a quienes osan mirarlo feo, a los conductores que le niegan monedas o a cualquier transeúnte que le parezca sospechoso. Las amenazas de agresión física son el pan de cada día, creando un clima de inseguridad donde el miedo se respira en el ambiente.
Ante este escenario de hostigamiento sistemático, la respuesta de la comunidad ha sido la esperable: la denuncia formal.
Los vecinos, dueños de locales y trabajadores han tocado las puertas de carabineros, de la municipalidad delegación presidencial y de las instancias competentes en reiteradas ocasiones. Han presentado antecedentes, registrado videos y narrado con pelos y señales el calvario diario que viven en la calle Colo Colo.
Sin embargo, como ya se ha vuelto una penosa costumbre en el centro de Los Ángeles, la respuesta institucional es baja, limitándose a multas que claro él sujeto no paga.
Las patrullas pasan, miran y siguen de largo.
Las respuestas burocráticas se escudan en vacíos legales o en la falta de atribuciones permanentes.
El problema se entrampa entre la calificar el hecho como una "falta menor" o un asunto de orden público, mientras el afectado directo sigue allí, impune, gritando.
La historia del "gritón de calle Colo Colo" es el síntoma más visible de una enfermedad que carcome los centros urbanos: la normalización de la incivilidad y el abandono estatal.
Mientras las autoridades se pierden en protocolos y mesas de trabajo lejanas a la realidad, los trabajadores del centro angelino continúan pagando el precio más alto, viendo cómo su salud mental se deteriora día a día, atrapados entre el asfalto, las amenazas y la más absoluta soledad frente al problema.